martes, 27 de abril de 2010

Pasado y presente: el arqueólogo entre dos mundos

En Lectura y contemplación, el poeta y ensayista, O. Paz, roza y profundiza en cuestiones fundamentales para la antropología, la sociología, del conocimiento del pasado y del otro.  Su visión como poeta y ensayista aclara conceptos y suscita dudas: las nociones de cómo el lenguaje determina nuestra concepción del mundo; de cómo la cultura y la tradición lo determinan; sus cuestionamientos en torno a la posibilidad e imposibilidad de la traducción: la palabra como experiencia vivida; la palabra como nominación de las cosas; la palabra como constructo social, todas ellas, incitan a la reflexión y orientan sobre los caminos ya reflexionados.
En su ensayo, dialoga con Lee Whorf y Sapir, con Wittgenstein, con Herder y con los clásicos griegos: en él se dan pautas para discutir con Kuhn, con Davidson, con Hodder. Con sus palabras se impulsan dudas: si la traducción es una transportación de experiencias ¿cómo el arqueólogo puede traducir el pasado y el presente?, ¿de que manera experimenta el pasado?, ¿qué experiencia es la que transporta? 
Si el traductor de una lengua a otra necesita poder experimentar lo que la otra cultura o el otro sistema dicta: como definidora de la experiencia, como posibilidad. Si el traductor posibilita experimentar la sensación o el concepto que se asemeja más a la experiencia vivida en aquél otro mundo: ¿de qué manera el arqueólogo se aproxima a la experiencia que el tiempo ha desvanecido? Dice Paz “El año de 1980 a qué equivale en Nueva York, Moscú, Teherán o Pequín?” Cómo traducir el sentido y la experiencia de la Guerra, de la violencia o de la propiedad?
Si la traducción es una emulación de una experiencia ¿de qué manera el arqueólogo puede vivir la experiencia del romano, del esquimal, del aborigen australiano, del “hombre” musteriense? Digamos, la experiencia del comer, del vestir, del morir, del vivir, de intercambiar, de la organización social, de la concepción religiosa y económica. 
Los cuestionamientos en torno a la universalidad y la particularidad también son abordados: los juicios de Paz sobre el relativismo whorfiano generan una apertura. Compara a Whorf con Eisntein: la relatividad no es sinónimo de perdición, sino de hallazgo. Decir que las lenguas son sistemas que no se pueden transportar de un contexto a otro sino que ellos mismos son contextos, es decir, las ideas, las palabras, las imágenes no se llevan de un planeta a otro, sino que buscamos en aquél planeta lo más similar a la idea palabra o imagen que habita en el nuestro, decir eso, no implica transportar, sino convertir, figurar y asemejar. Buscamos funciones y experiencias: entonces referimos a ellas.  Para Paz, Whorf descubre un mundo en el que todo está en constante cambio, la universalidad es esa: el cambio. Si bien, la aparente imposibilidad de la traducción, tan criticada por Davidson, puede a primera vista llevarnos al territorio inhóspito del vacío, de la imposibilidad del diálogo, Paz nos deja abierta una posibilidad en la que el diálogo es transporte de experiencias, de realidades distintas, no como Davidson que supone que esas experiencias se conectan en algún momento con la realidad, que es exterior, y no del sujeto. Para Davidson los sujetos se median por una realidad ajena; para Paz, ellos viven realidades distintas y comparten experiencias similares.

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