miércoles, 28 de abril de 2010

Intertextualidad y arqueología mexicana



Tomando en cuenta la reflexión que Castañeda Sabido hace en La crisis de la sociología en México (2004), obra en la cual, parte de su argumentación versa sobre la diferencia del discurso literario y el científico –o académico-, creo necesario transportar algunas de sus tesis a la arena de la arqueología. Espero no caer en errores letales de traducción, pero creo son muchas las coincidencias de ambas disciplinas, como para no intentar hacer un comparativo. 
En primer lugar por las similitudes, que en el contexto mexicano, han adoptado en décadas diferentes la sociología y la arqueología con relación al estado: ambas como generadoras y justificadoras del discurso político, a veces participando en los mitos identitarios y discursivos, y para el caso de la sociología, entrando en el discurso progresista de 1970 y 1980. En segundo lugar debido, a que igual que en la sociología y en otras disciplinas sociales, distinguir los terrenos propios de la disciplina es difícil, ya que cualquier opinión sobre la sociedad o el pasado material parece ser un argumento perteneciente a dichas disciplinas. Ello ocurre porque a diferencia de la física y de la química toda la gente mas o menos letrada puede dar una opinión sobre elementos que conforman parte de su paisaje cotidiano: la violencia, el tráfico o los mexicas.
La historia conformó las primeras obras textuales de carácter nacional, el Mexico a través de los Siglos es ejemplo de ello; la arqueología se ocupó de dar estructura a dicho discurso en el pasado prehispánico, pero a diferencia de la historia ésta participo creando museos e imágenes que conformarían parte del imaginario social; hoy en día, la arqueología nacional, parece desempeñar el mismo papel, alimentando el discurso del consumo turístico y concediendo el folclor en el paisaje, engalanando el territorio nacional. Es por dicha razón, creo yo, que el estudio de la prehistoria nunca se desarrolló y las regiones en dónde no hay algo ‘monumental que mostrar’ la arqueología se ha desempeñado más como parte del aparato burocrático que como instrumento del discurso político. Sin embargo, en ninguno de los casos, el interés detrás de la arqueología se ha guiado por fines académicos. ¿A qué nos referimos cuando decimos esto?
La respuesta de ello es simple, aunque en la práctica para algunos implique mayor complejidad su reconocimiento. El carácter intertextual del discurso académico es la clave de ello. Castañeda distingue a la literatura y la ciencia en un aspecto nodal: ‘la primera escribe pensando en un lector y la segunda en un productor’. La obra literaria se mide por su resultado y la obra científica o académica por su procedimiento. Para la segunda es más valioso cómo llegaste a sostener lo que dices; para la primera la opinión se mide por su elocuencia y claridad. En el terreno académico ‘el discurso obliga no sólo al productor, sino también al receptor a conocer los procedimientos…’ Las disciplinas académicas elaboran un discurso entre pares (Cf. pp.119 y 120)
¿Ahora bien cabría preguntarnos de qué manera ocurre la intertextualidad en el terreno de la arqueología mexicana? Creo que aquí cabría analizar diversos elementos: primero la distinción entre uso de la misma evidencia material y discusión de argumentos. Los arqueólogos en México parecen más discutir sobre la pieza que sobre el argumento que se hizo en derredor de la misma. Lo importante parece, en muchos casos, escribir sobre materiales encontrados y establecer un discurso. Después otro arqueólogo retoma la pieza el discurso anterior y arma una nueva amalgama, sin preguntarse sobre el argumento. 
Mi argumento se podría trivializar, siendo que alguien me podría decir “danos algunos ejemplos”. A ello respondería que ejemplos para ambos casos hay. Existen muchos arqueólogos que se disputan su trabajo sobre los argumentos, todos ellos académicos muy buenos. Sin embargo la confluencia del aparato burocrático nacional –con toda la serie de requisitos que impone- se ha venido disputando más preocupada por excavar, consolidar y registrar con el fin de salvaguardar el patrimonio nacional que con el fin de discutir argumentaciones. Los cuestionamientos académicos han quedado en una parálisis. Con ello quiero decir que gran parte de la arqueología se conforma con cumplir los requisitos que la dependencia estatal exige y acabado el informe se prosigue a excavar otro y otro sitio, sin ver al fin un proceso mediado por la intertextualidad. Los arqueólogos en México defienden más ‘sus sitios’ que sus argumentos. Por ello simplemente creo que la arqueología académica mexicana esta en crisis, o simplemente se esta desdibujando sola de tal arena y a seguido obedeciendo las inclemencias de la política nacional, esperando a que exista un buen representante de la cultura, “interesado en el patrimonio nacional”, para que rinda frutos y haya efervescencia de proyectos: presupuesto.   
     
Una de las claves para entender la intertextualidad se lleva a cabo a través del reconocimiento de los que los mismo miembros de una academia van denominando como clásicos: esos pilares en donde se sustentan los fundamentos disciplinarios; esos faros que alumbran nuevas sendas y arrojan problemáticas. Después de ellos los que les siguen se inscriben en dichos cuestionamientos y los ven como vallas u obstáculos que deben librar. El conocimiento, ha quedado claro desde los argumentos de la sociología del conocimiento, es un discurso, una constitución social. Se diferencia de la magia o de la religión no tanto por el grado de certeza con el que describe o refleja la realidad, sino por la manera en que se regula y estructura. 

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