martes, 27 de abril de 2010

Internalismo vs externalismo y otras luchas maniqueas en la Historia del Pensamiento Arqueológico de B. Trigger


No cabe duda, en el prólogo de la segunda edición de History of archaeological thought Trigger se renueva. Habla desde el presente, se autocritíca y cumple con la gran talla que sus palabras tienen en el mundo académico. 
Plantea nuevos problemas y clarifica su visión ante ellos. De éstos, hay uno en el que me interesa ahondar y que me ha provocado una reflexión en torno a mi propia postura: Trigger la denominó: el debate internalismo y externalismo.
Con dichos términos el autor canadiense refiere a la visión de un problema: ¿es la visión y la postura de las disciplinas científicas determinada desde afuera, desde el contexto social en donde está inmersa o responde su visión a una estructura que transgrede el contexto social? 
Al leer el debate que dibuja Trigger me surge la inquietud en torno a cuál es mi postura frente a dicho debate. En mi trabajo sobre los planes de estudio de la ENAH intento trazar un término medio entre ambas posturas. Por un lado, el contexto social en el que inserto las discusiones arqueológicas: el movimiento social de los años sesenta y la influencia marxista, la relación institucional de la arqueología con el INAH y de éste con el entorno político (cardenismo, salinismo) y su entorno jurídico, todos estos elementos parecen sugerir que mi postura sería externalista. Parecería comulgar con aquellos que encuentran el origen del pensamiento y de las teorías arqueológicas en “su contexto social”. Sin embargo, y por el otro lado, defiendo que el discurso arqueológico se define por influencias de índole académica: las discusiones ambientalistas, la influencia de la nueva arqueología, las discusiones teóricas en torno al cambio histórico y social, el rechazo de “la arqueología tradicional” y la confluencia de los planes con esas posturas muestran que la estructura del ethos arqueológico se derivan de una suerte de independencia del discurso arqueológico con el político, pero a la vez de una comunión con el entorno social. 
De hecho, y en concordancia con lo que propone Castañeda Sabido (2004), sí creo que el discurso arqueológico esté regulado desde dentro, desde su estructura académica, desde la forma de organización de los agentes que la componen, desde lo que éstos leen y discuten. En ese sentido parecería estar en medio de la maniquea propuesta del debate que dibuja Trigger. ¿Me pregunto si la solución sólo está en ser externalista o internalista? Creo que no, creo que ver la discusión desde ese sentido es reducirla. Tal vez se requiera de otra clasificación de las posturas, en donde se permita reconocer otras visiones y se defina el origen del pensamiento académico desde una trama más compleja. ¿O a caso podríamos negar la influencia del contexto social en las inquietudes y visiones que tenemos? ¿O podríamos negar el impacto que tiene la lectura, la intertextualidad, las discusiones entre pares en el constructo de nuestras visiones? Creo que no se puede negar ni la una, ni la otra. La pregunta, más bien, requiere de trazar la justa medida de hasta dónde se declara una independencia de ese contexto, del pensamiento político, del saber social; y de reconocer hasta dónde el eco de nuestra voz no puede abandonar la acústica del cuarto de donde ella sale. La noción es que es una lucha, una tensión entre ambas nociones la que determina el pensamiento: las instituciones sociales, entre ellas las ciencias, se miden en esos dos principios.
No quiero negar con esta discusión lo que ya ha probado la sociología del conocimiento y que desde el prólogo de Las formas elementales de la vida religiosa, comienza a forjarse, a saber: que todo conocimiento tiene un origen social. Esta es la postura de Mannheim, de Foucault y de tantos otros; sus argumentos son contundentes. Sin embargo en la visión triggeriana, parecería que la noción de “contexto social” –de externalismo- mantiene una visión en la que la membrana contextual no toma en consideración lo que Mannheim llamó “tradición heredada”, es decir, la relación que yo, como parte de un grupo, mantengo con los argumentos que éste ha tenido en torno al mundo. Creo que el ámbito intelectual, al igual que el religioso y otros tantos mantiene una lucha entre ese contexto situacional e histórico en el que está inmerso y del que no puede escapar y aquél que lo mantiene como una diferencia, su tradición. Esa tradición, no niega, en absoluto, que el pensamiento en su totalidad tenga orígenes sociales, lo que niega es la manera en que se da la relación con su origen y contexto.  Es justo el debate entre lengua y habla el que sirve como sustento: la primera responde a estructuras y normas configuradas de manera histórica; la segunda puede responder a la sincronía de su época.
Habrá pues que releer a Trigger, a Castañeda, a Durkheim, a Mannheim, Foucault y establecer una postura frente al problema. Lo que es claro, es que en Trigger no es sólo ésta la única lucha maniquea que se dibuja, también está presente la eterna pelea entre materialismo e idealismo, esa pelea que planteamientos como el durkhemiano creo que superaron desde hace mucho. Trigger soluciona la pelea con otra palabra “realismo” habrá que ver si ésta encaja y comulga con la visión de Durkheim. Vaya pues que con ese prólogo el arqueólogo canadiense deja preguntas, tareas e inquietudes que deben ser pensadas.   

escrita en el 2007

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